“¿NO JUZGUÉIS?”

 

 

¿No dijo Jesús: “No juzguéis, para que no seáis juzgado”?

 

 

scale (18)

“¿NO JUZGUÉIS?” 

Existe un versículo en la Biblia que una gran mayoría de personas conoce y cita. ¿Qué versículo puede ser este? “No juzguéis, para que no seáis juzgado” (Mateo 7:1).

En cualquier lugar en que se ponga en tela de juicio un pecado predominante en la sociedad, es muy probable que uno escuche este texto favorito: ¿Cómo puedes condenar? Recuerda que Jesús dijo: “¡No juzguéis, para que no seáis juzgado!” ¡Nosotros no debemos juzgar a las personas por lo que hacen! Esta respuesta no sólo pretende silenciar todo tipo de oposición al pecado en la sociedad, sino que además, está diseñada para reprimir cualquier comentario negativo sobre un pecado personal.

Sin embargo, ¿es malo juzgar? Primero debemos darnos cuenta que todos emitimos juicios, que todos juzgamos todos los días. Es parte de nuestra interrelación con otras personas y del hecho de que estamos expuestos al mundo en una gran medida. Podemos decir: “Hitler fue un líder cruel y perverso”. Otro puede decir: “Aquel violador y asesino merece ser castigado”. Y aún otra persona puede comentar: “los conductores ebrios son un amenaza para nuestra comunidad”. Si vemos a un niño maleducado, podemos decir: “¿por qué no lo disciplina su padre?”. En todos estos casos, y en miles de otros casos como este, estamos haciendo uso de juicios. No solamente reconocemos lo que está mal en diferentes casos, sino que también “juzgamos” si es que alguien merece ser culpado y merece corrección o castigo.

¿Qué dice Dios acerca de este asunto de juzgar? Examinemos la Biblia para responder a esta pregunta. La palabra griega traducida “juzgar” es krino y tiene un basto significado: escoger, distinguir, decidir, considerar, encontrar falta, juzgar y condenar. Siempre debemos tener en cuenta el contexto de este término en la Biblia.

A fin de entender lo que es el juicio, debemos considerar sus antecedentes. Primero, Dios es el supremo y gran juez de todos, Aquél que “juzgará al mundo, con justicia” (Hechos 17:31). Además, Jesucristo es el agente de este juicio. Él es llamado “Juez justo” (2 Timoteo 4:8), el “Juez de vivos y muertos” (Hechos 10:42). ¿Cómo juzgará Cristo en aquel gran “día de juicio”? (2 Pedro 3:7). La palabra de Dios será la norma o la base del juicio. Jesús declara: “La palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero” (Juan 12:8). La escena del juicio final es descrita con estas palabras: “Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y los libros fueron abiertos; y otro libro fue abierto, el cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras” (Apocalipsis 20:12). Estas palabras sorprendentes deberían impresionarnos, por el hecho de que Dios en verdad juzgará a cada uno de nosotros un día.

¿Qué hay acerca del tiempo presente? ¿En qué sentido se nos prohibe “juzgar” a otros? Jesús dijo: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgado, y con la medida con que medís, os será medido”. (Mateo 7:1-2). Aquí Jesús prohibe un juicio duro, nada amable e hipócrita. Jesús nos enseñó y nosotros sabemos evidentemente, que es injusto que una persona culpable de pecado juzgue a otra. Por ejemplo, es injusto que un drogadicto juzgue a alguien por drogarse. Es inconsistente que una persona adúltera juzgue a alguien que es culpable de adulterio. Es hipócrita que una persona que reniegue frecuentemente condene a otra que está abrumada con la cólera. Nuestro Señor continuó diciendo: “¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano” (v. 5). En otras palabras, Jesús dijo que debíamos quitar el pecado mayor de nuestra vida antes que pudiéramos verdaderamente ayudar a nuestro hermano a quitar el pecado menor de su vida. Jesús prohibe definitivamente que juzguemos hipócritamente (cp. Romanos 2:1-3, 21-23).

El Señor Jesús también explicó que no debemos juzgar a otros de acuerdo a tradiciones religiosas o humanas que fueran equivocadas (Mateo 12:1-8; 15:1-14; Juan 7:24). Además, no debemos juzgar ni condenar a otros sobre asuntos sin importancia (Romanos 14:1-23). Debemos tener mucho cuidado cuando juzguemos los motivos que están detrás de las acciones externas, a menos que tengamos buenas razones para conocer dichos motivos internos (1 Corintios 4:3-5). Santiago también enfatiza que no debemos juzgar a otros con una actitud de “favoritismo personal” (Santiago 2:1-4), mostrando especial consideración a cierta persona que queremos impresionar, mientras que juzgamos a otras que son consideradas inferiores (vv. 4-13). Este mismo escritor nos advierte del juicio equivocado que está relacionado con la manera de hablar pecaminosa y de difamación en contra de otro cristiano (4:11-12; cf. 5:9).

Todas estas advertencias bíblicas deberían hacernos más cuidadosos en cuanto a juzgar a otras personas y hablar en contra de ellas. Pablo es muy claro: “Pero tú, ¿por qué juzgáis a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo” (Romanos 14:10; cp. 2 Corintios 5:10). Dios será el juez final en aquel día de juicio sorprendente y que está próximo a llegar.

Existe otro aspecto del juicio, uno que generalmente es pasado por alto en este día de relativismo moral, pluralismo religioso y tolerancia excesiva. Desde Génesis hasta el Apocalipsis, se nos ordena en efecto juzgar. Esto puede ser en primera instancia un shock, pero es claramente cierto. Por ejemplo, en el mismo capítulo donde se prohibe juzgar hipócritamente y duramente a otros, Jesús nos dice seamos juiciosos en el momento de compartir el evangelio: “No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen” (Mateo 7:6). Además, Él dice que debemos “guardarnos de los falsos profetas” y que “por sus frutos los conoceréis” (vv. 15-20). Debemos examinar los “frutos” de las personas para determinar si son justas, si son correctas o malas, puras o impuras, sinceras o falsas.

En el mismo pasaje en el que Jesús dijo: “No juzguéis según las apariencias”, Él también agregó: “sino juzgad con justo juicio” (Juan 7:24). Se nos ordena juzgar con un estándar de justicia, el cual es la palabra de verdad, la Biblia (Salmo 119:172; Juan 12:48).

Considere algunas de las áreas que Dios requiere que el cristiano fiel juzgue. Pablo escribe: “Os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos” (Romanos 16:17-18). Por lo tanto, debemos juzgar lo que es falsa enseñanza y entonces renunciar, alejarnos de aquellos que las enseñan. Debemos juzgar a aquellos que “enseñan diferentes doctrinas” (1 Timoteo 1:3-4; 4:1-5; 6:3-4,20). Debemos juzgar y “evitar” a aquellos que son “amadores de sí mismos, avaros”, y otros que viven vida de pecado (2 Timoteo 3:1-5). Debemos de evitar y oponernos a aquellos que “profesan conocer a Dios, pero con los hechos lo niegan” (Tito 1:9-16). Debemos “probar a aquellos que nos traen un mensaje falso” (Juan 4:6) y debemos censurar a aquellos que viven vidas de pecado e inmoralidad (2 Pedro 2:1-22: Judas 3ss). De hecho, no debemos ni siquiera invitar a falsos maestros a nuestro hogar (2 Juan 7:11).

El Señor dio instrucciones especiales sobre cómo tratar con un hermano o una hermana que ha cometido un pecado comprobado y que rechaza arrepentirse (Mateo 18:15-20). Los hermanos culpables de inmoralidad sexual y otros pecados deben ser “quitados del cuerpo de creyentes”, “entregados a Satanás”, y ya no se debe tener comunión con ellos (1 Corintios 5:1-13). Aquellos que rehusan observar las enseñanzas de los apóstoles deben también ser retirados del compañerismo (2 Tesalonicenses 3:6-15; 2:15). Un hermano que destruya la armonía de la comunidad de creyentes mediante sus enseñanzas de división, debe ser “rechazado” (cp. Tito 3:9-11). En todo el Nuevo Testamento tenemos ejemplos de personas que pecaron o enseñaron falsos caminos y no son sólo “juzgados” sino que incluso sus nombres son mencionados en algunas ocasiones (cp. Marcos 6:17-18; Hechos 8:9-24; 13:6-12; Gálatas 2:11 siguientes; 1 Timoteo 1:19-20; 2 Timoteo 1:1-15; 2:16-18; 4:10,14-15; 3 Juan 9-11). Todas estas enseñanzas y ejemplos deberían convencernos de que el juicio es apropiado y requerido bajo determinadas circunstancias.

¿Cómo debemos juzgar? Debemos ser sinceros (Mateo 7:1-5), imparciales (Santiago 2:1-13), misericordiosos (v. 13), saber discernir (Romanos 14), con mansedumbre (Gálatas 6:1-2), y amabilidad (2 Timoteo 2:24-26). Debemos buscar los hechos antes de emitir un juicio (Mateo 18:15-17; 2 Corintios 13:1). Debemos juzgar conforme a las escrituras (2 Timoteo 1:13; 3:16-17). Y debemos ser humildes, no orgullosos (Proverbios 16:5; Lucas 18:14). Algunas veces debemos ser severos (Tito 1:13; cf. Mateo 23:13-33). A medida que vamos desarrollando estas actitudes y perspectivas, evitaremos hacer juicios equivocados y podremos más bien hacer juicios bíblicos y santos.

¿Es correcto juzgar? Esa es la pregunta que hemos estado haciendo. Es errado juzgar en una manera errada, es correcto juzgar en una manera correcta. Debemos buscar la sabiduría y el discernimiento para poder hacer la diferencia, recordemos que todos seremos juzgados en aquel gran día “porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo” (2 Corintios 5:10). Ahora es el momento de arrepentirnos de nuestros pecados para que no tengamos que enfrentarlos en aquel día del juicio. Hoy mismo deberíamos huir de la ira venidera (Mateo 3:7; Romanos 2:4-5). Cristo sufrió y murió por nuestros pecados para que nosotros fuéramos perdonados. “Juzguémonos” como culpables, condenados a causa de nuestro pecado ahora, luego abandonemos nuestros pecados, para que podamos tener confianza en el día del juicio (1 Juan 4:17) y no “nos alejemos de Él, avergonzados” (2:28).

Richard Hollerman

(Traductora: Monica Hollerman)

 

Comments are closed.