El Amanecer de un Nuevo Dia

 

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El Amanecer de un Nuevo Dia

El Amanecer de un Nuevo Dia

La historia de Aishath y su búsqueda

por la verdad de Dios

            Era una hora ya avanzada de la tarde, y los fuertes rayos del sol caían abrasadores sobre el pueblo pakistaní de Kamalia. Los niños pequeños con la piel bronceada corrían descalzos por el camino empolvado, gritando en sus juegos. A lo lejos, la esbelta y agraciada figura de una jovencita se inclinaba al lado del pozo de agua del pueblo, mientras llenaba dos cubetas de aluminio. Aishath tomó un sorbo del agua fresca con sus manos, y esparció el resto sobre su rostro acalorado. Deseaba que el agua refrescante que limpiaba el sudor de su frente pudiera también llevarse la confusión que había dentro de ella. Se levantó, juntó sus cubetas y lentamente empezó su camino de regreso a casa a lo largo del sendero seco y empolvado.

            Aishath normalmente hacía su trabajo con alegría y mucha energía, pero el día de hoy iba pensativa a casa, a lo largo de las calles angostas del pueblo. Apenas se dio cuenta que pasaba por la casa del Jeque. Había mucho que atormentaba su mente tan joven.

            Aishath era la hija de un hombre influyente y adinerado y era una de las pocas niñas que iban a la escuela del Corán en su pueblo, donde aprendió a leer y a memorizar todo el Corán. Aishath había crecido inmersa en la religión de sus padres, de su pueblo y de su país; por lo tanto vivía según todas las leyes que gobernaban el Islam. Oraba cinco veces al día y ayunaba durante el mes de Ramadán. Incluso daba monedas de su asignación personal a los pobres mendigos siempre que pasaba por el mercado. Pero sentía que algo faltaba. Tenía una duda persistente, un miedo acerca del futuro. Bilquis, su madre, le decía que no debía preocuparse por eso pues era sólo una jovencita. Los hombres conocían el Corán y podían decirle a sus familias cómo vivir.

Pero aún así, Aishath quería saber más. ¿Qué había después de esta vida? Los musulmanes estaban siempre ayunando y orando y haciendo obras buenas para poder entrar en el paraíso, pero ninguno sabía en realidad si sería perdonado. El paraíso estaba lleno de vírgenes encantadoras para satisfacer a los hombres, pero ¿qué había para las mujeres? Alá era un dios tan distante e intocable. En la escuela le enseñaron a Aishath a creer en todos los profetas de Alá: Abraham, Ismael, Isaac, Jacob y sus hijos, Moisés, Jesús y los demás, y finalmente Mahoma. Sin embargo, había algo que no tenía sentido. Los judíos, que seguían a Moisés, y los cristianos que seguían a Jesús, eran considerados no creyentes porque no aceptaban al último profeta, Mahoma. Todos estos pensamientos de perplejidad oscurecían el brillo de sus ojos a medida que se acercaba a la puerta.

Dentro del patio de su casa, la mente de Aishath volvió a ocuparse de su trabajo. Vació el agua en una gran olla para preparar el té para la noche, y empezó a ayudar en la preparación de la comida. Al día siguiente su padre regresaría de su hajj, o peregrinaje a la Meca, la ciudad santa. Tal vez habría aprendido algo nuevo y podría responder a algunas de sus preguntas. Le preguntaría cuando volviera.

♦♦♦

Hubo gran regocijo en la familia y amigos cercanos de Abu Sadar cuando lo vieron regresar a su pueblo después de su larga jornada a la Meca. Aishath no tuvo oportunidad de hablar con su padre acerca de sus inquietudes porque estaba ocupada ayudando a las mujeres a preparar el banquete para la noche. Los amigos del pueblo vendrían a celebrar el regreso de “Haji” Abu Sadar, y el Jeque y su hijo también asistirían. Ese día Aishath fue varias veces al pozo y al mercado, pero la ansiedad no dejaba de llenar sus pensamientos de duda.

El Jeque fue el primero en llegar. Cuando Aishath lo vio entrar por la puerta, rápidamente jaló su dupatta, o velo, más cercano de su puerta, y cubrió la parte inferior de su rostro. Tenía que estar lo más adecuadamente vestida y respetuosa cerca de aquel anciano sombrío, porque estaba comprometida con su hijo menor, Abdul Ibrahim. No debía desagradarlo de ninguna manera, porque iba a ser su suegro.

Cuando el hijo del Jeque llegó, Aishath se sonrojó y se volteó para ayudar a servir la comida. Abdul Ibrahim tenía una mirada penetrante igual que su padre. Sin embargo, sus ojos eran amables y con su sonrisa radiante parecía mucho más amigable. Aunque Aishath se sentó con las mujeres durante la comida, podía sentir su mirada. Ya que el matrimonio de ambos había sido acordado hacía dos meses, a Aishath le había empezado a gustar aquel joven de apariencia sincera. Se preguntaba qué pensaría él acerca de sus dudas sobre sus creencias musulmanas.

La mañana siguiente mientras servía el té a su padre, Aishath le habló dudosamente. “Padre,” empezó, ¿Cómo podemos saber que entraremos en el paraíso?”

“¿Qué te hace pensar tal cosa, niña?” Se preguntó sorprendido. “Ninguno puede saber a dónde irá, pero si somos fieles a Alá y a su mensajero, entonces tal vez Alá nos perdone y nos premie en el paraíso.”

Aishath recordó la narración de su padre, la noche anterior, sobre el peregrinaje a la Meca. En la Meca, todos los peregrinos caminan siete veces alrededor de la Kaaba, un cubo largo que sostiene la piedra negra sagrada. Luego suben y la besan. La gente viaja en peregrinaje con mucho fervor religioso, ya que este es un evento importante en la vida de todo musulmán devoto. Todo daba vueltas en su cabeza, al igual que la multitud de peregrinos que surgían interminablemente alrededor de la Kaaba en la Meca. Aishath tenía miedo de hacerle a su padre cualquier otra pregunta acerca de la religión que para ellos era incuestionable, ya que ni siquiera podía ordenar sus propios pensamientos.

“No te preocupes por esto, Aishath”, irrumpió Abu Sadar. “Somos musulmanes y lo seguiremos siendo. Nuestros ancestros han sido únicamente musulmanes. Estarás bien mientras no renuncies al Islam como aquellos malvados infieles, los judíos y los cristianos. Obedece al Jeque y no tendrás nada que temer.”

La vehemencia con la que su padre habló en contra de los judíos y cristianos desconcertó su tierno corazón. Se decía que ellos adoraban al mismo Dios que los musulmanes, pero entonces ¿porqué las palabras duras? Aishath sintió que su confusión y preocupación no hicieron más que aumentar, así que no dijo nada más.

♦♦♦

El mercado en Kamalia era una mezcla de sonidos, colores y olores. Las cabras y las ovejas balaban a lo largo de la calle donde estaban amarradas para ser vendidas. Los pollos aleteaban y graznaban en el polvo, con las patas amarradas. Los mercaderes gritaban a lo largo del camino y llamaban a la gente que pasaba por las calles. Los vendedores de seda y algodón mostraban sus mercancías en un arco iris de colores, bajo los techos de sus puestos: blanco, fucsia, ciruela, verde y mandarina. Los azafates y candelabros brillantes de bronce y cobre atraían muchos admiradores, pero pocos compradores. Había puestos que vendían especies y sus aromas atraían a todos los que pasaban por el lugar.

Aishath vio todo esto en su camino al mercado de alimentos, más allá del ruido de los otros vendedores. De pronto se detuvo en el puesto donde había estado comprando durante los dos últimos meses. Una familia de escasos recursos y con niños pequeños vendía vegetales en ese lugar. Parecían estar siempre felices y nunca hablaban con palabras duras ni miraban con desprecio a los mendigos que andaban con ropas sucias deambulando por las calles en busca de limosnas. Eran amigables con todos y Aishath sabía que ellos nunca engañaban a sus clientes. Aishath disfrutaba conversar con ellos, a pesar de que eran de una condición social distinta de la de ella. Aquel día Aishath notó nuevamente cuán felices se les veía. La niña, que era varios años menor que ella, salió para atenderla. Mientras Aishath contaba el dinero para pagar por las cebollas, tomates y mangos, comentó, “ustedes siempre se ven tan felices.”

“¡Ah!” Contestó la niña riendo amistosamente, “Sabes, Jesús me ha perdonado y ahora soy una hija de Dios. Estoy feliz porque Él está conmigo.”

Aishath se sorprendió un poco ante esta respuesta inesperada. “¡Hmmm! ¿Eres. . .eres . . . eres cristiana?” Preguntó entrecortadamente acercándose más a ella. El temor de hablar con una “infiel” se reflejó en su rostro, se quedó paralizada. Olvidó sus compras y el ruido del mercado se desvaneció en sus pensamientos atolondrados. Necesitaba saber más.

“Sí, soy cristiana igual que mis padres. Jesús nos ha salvado de nuestros pecados, y ahora sabemos que un día iremos a vivir con Él en el cielo. Él nos ha dado una paz y una alegría tan grande, que ya no nos importa que seamos pobres. Sé que Jesús cuidará de nosotros.”

La niña dijo esto con una sonrisa tan amigable, abierta y confiable, que Aishath quería contarle todas sus inquietudes y dudas. Aunque esta niña era menor que ella, Aishath se sentía atraída por ella por su comportamiento apacible, aunque a la vez ferviente.

“¿Cómo te llamas?”, Preguntó Aishath.

“Hasina”, respondió la niña.

“Yo me llamo Aishath. ¡Hasina, quisiera estar segura de lo que creo, quisiera estar segura de que no iré al Fuego, quisiera tener paz y alegría como tú!”

La niña del puesto de vegetales sonrió compasivamente. “Yo también sé lo que significa vivir en el miedo y en la incertidumbre. Pero Jesús se ha llevado todos mis miedos.”

Aishath sabía que estaba arriesgando su reputación y enfrentándose a la ira de sus padres al hablar acerca de esos asuntos con una cristiana, pero sentía la necesidad de continuar. “¿Cómo puedo conocer más acerca de tu religión, para conocer la verdad y encontrar el camino correcto?” Preguntó.

La niña sacó un libro pequeño de su bolsillo y le dijo: “¿Sabes leer?”

“Sí,” respondió Aishath ansiosamente, mirando el libro que la niña tenía en las manos. “Aprendí a leer en el colegio.” Aishath no entendía como esta niña, hija de granjeros humildes, podía preguntarle esto, ya que sólo las familias ricas enviaban a sus hijas a la escuela.

“Este es mi querido libro.” Dijo Hasina mientras sujetaba su pequeña Biblia tiernamente, pensando si estaría bien lo que iba a hacer. Aishath vio la emoción profunda de la niña por su pequeño y gastado libro. Una nube de lucha interna y de sentimiento de pérdida oscureció el rostro inclinado de Hasina, pero pronto tomó una decisión calmadamente. Mirando nuevamente a Aishath, Hasina le dijo, “Tómalo. Aquí podrás aprender acerca de la verdad y de la misericordia de Dios. Aquí encontrarás la paz y la felicidad que yo he encontrado.”

“Pero. . .” Dijo Aishath sorprendida.

“Tómalo. Me lo puedes devolver la próxima semana. Jesús quiere que lo comparta contigo. Mis padres también querrían que lo haga.” Dijo Hasina, mientras se secaba una lágrima que caía por su tierno rostro, y suspiraba para controlar sus emociones. ¿Qué pasaría si el libro nunca le era devuelto? Hasina continuó diciendo: “Este es el único libro que tenemos. En él se encuentran las palabras de Dios y es nuestra única fuente de fortaleza. Pero por favor llévalo contigo. Dios proveerá para nosotros. Mi oración es que tú también puedas conocer al verdadero Salvador a través de este Libro.”

Hasina dijo estas palabras con un fervor tan apasionado que incluso Aishath tuvo que controlarse para no llorar. “Gracias,” suspiró mientras estiraba su mano temblorosa para recibir el libro que le entregaban como un sacrificio. “Gracias,” repitió, sin poder expresar el inmenso agradecimiento que sentía por dentro. Sólo ella misma conocía la intensidad con la cual había ansiado encontrar un propósito y la verdad. Ahora la solución se encontraba en sus manos… si en verdad las palabras de la niña eran ciertas.

Aishath juntó silenciosamente en su canasta las compras que había olvidado por un momento, y metió la pequeña Biblia en su qamiz, una túnica larga en forma de blusa. Despidiéndose de Hasina con una sonrisa, se fue apurada a casa.

Durante todo el camino, Aishath sopesaba las palabras de Hasina. La niña amaba mucho su libro. Los musulmanes también reverenciaban su libro sagrado, el Corán, pero éste era diferente. Hasina dijo que esta era la única fuerza en la cual su familia reposaba. ¡Sujetaba el pequeño libro gastado como si fuera su vida misma! Aishath casi no podía esperar llegar a casa y terminar las tareas del día para poder pasar tiempo a solas y leer el libro. Esperaba poder encontrar las respuestas a todas sus preguntas en el librito que Hasina había llamado “amado.” Sin embargo, por ahora debía esconderlo para no despertar sospechas en su familia.

Esa noche mientras la familia cenaba, Bilquis notó que su hija estaba muy callada. “Aishath, no participas en nuestras conversaciones. ¿En qué piensas?”

Aishath sonrió mirando a su madre. “¿No participo?” Preguntó distraídamente.

“Desde que llegaste a casa del mercado has estado tan concentrada en tus pensamientos que hiciste todo tu trabajo como si fueras una máquina. Tal vez te encontraste con Abdul Ibrahim en la calle y ahora estás pensando en él,” dijo Bilquis con una sonrisa traviesa.

“No, no lo he visto,” respondió Aishath.

“Entonces porqué actúas tan reservadamente, niña?” Insistió su padre.

No queriendo disgustarlo, Aishath midió cuidadosamente sus palabras. “La niña del puesto en el que compré los tomates y las cebollas esta tarde estaba tan feliz. Dijo que no tenía miedo del Fuego porque había sido perdonada. Ella parecía tan… libre.” Aishath jugaba con un pedazo de pan ácimo que tenía en su mano mientras esperaba ver la reacción de sus padres.

“Esas son tonterías, Aishath,” respondió Abu Sadar, pasando un gran bocado de comida. “Nadie puede saber si ha sido perdonado hasta el Día Final. Tu mente es tierna y fácil de engañar. Debes mantenerte alejada de los cristianos, porque te engañarán con sus falsas conversaciones.”

“Escucha a tu padre,” agregó Bilquis, “y deja que los hombres nos digan qué camino seguir”. Pronto te casarás, entonces serás feliz.”

Aishath no dijo nada más. Sentía que nadie la entendía. Dentro de sí apareció una nueva desesperación. ¿Cómo reaccionaría Abdul Ibrahim a sus preguntas? ¿También pensaría que ella era una mujer tonta y de mente débil? Luego de que la familia había concluido la velada, Aishath volvió a encender la lámpara silenciosamente y sacó el misterioso librito negro fuera de su escondite.

Sin saber por dónde empezar o qué buscar, leyó el libro desde el comienzo. El evangelio de Mateo empezó describiendo la genealogía de Jesús, continuó con su nacimiento, y luego con sus milagros y enseñanzas. Hoja tras hoja, Aishath continuó leyendo. La lectura era tan interesante que no podía dejarla. Como musulmana siempre le enseñaron que Jesús era un profeta, pero este libro decía que Él era el Hijo de Dios. Jesús no era solamente un gran maestro y profeta, él era perfecto; sanaba a los enfermos.

Todo esto era muy inquietante para Aishath. Aunque ella no comprendía muchas cosas ni sabía qué pensar acerca del libro, había algo en él que era maravilloso. Era distinto a todo lo que ella había aprendido acerca de Dios o el profeta de Alá, Mahoma. A diferencia del Corán, que era una mezcla de eventos que no seguían un orden cronológico y contenía mandamientos contradictorios, este libro contaba la historia maravillosa de Jesús en una manera ordenada. Mahoma dijo ser el último y más grande profeta de Alá, pero Jesús dijo que él era el cumplimiento de la Ley.

Aunque el libro contradecía las enseñanzas islámicas, Aishath notó que todo en este libro era bueno, porque Jesús le enseñaba a la gente a vivir correctamente. Cuando el cansancio no la dejaba mantener los ojos abiertos, Aishath regresó el libro a su escondite y apagó la lámpara. Había tanto que considerar, pero ahora se sentía segura de que el libro le daría algunas respuestas y la reconfortaría. Aishath durmió  esa noche con una nueva esperanza.

Cada noche de esa semana, Aishath se quedó hasta tarde leyendo el pequeño Nuevo Testamento de cubierta negra. Sus palabras llenaron su mente durante varios días, confundiéndola y, sin embargo, despertando su deseo de saber más. Ansiaba conversar con alguien sobre esto, pero nunca le habló a sus padres sobre el libro ni tampoco a ningún amigo, ni siquiera a Abdul Ibrahim porque sería peligroso hablar de este tema. Al final de cada día, Aishath se disponía a leer el libro de esperanza, disfrutando de cada página. Aishath, movida por la curiosidad, se decidió a preguntarle a Hasina acerca de lo que había leído.

♦♦♦

Cuando llegó el siguiente día de compras Aishath fue decidida al puesto de vegetales que pertenecía a la familia de Hasina. Para su gran sorpresa, Aishath lo encontró vacío. El puesto había sido saqueado, y todos los productos estaban desparramados y destrozados sobre la vieja mesa, en el piso y en la calle. Una multitud furiosa se había reunido, y el calor de la tarde estaba cargado de voces de hombres encolerizados. “No queremos ningún cristiano en nuestro pueblo!” “¡Largo de aquí, ustedes que desprecian a Alá!” “¡Regresen al Islam, y los aceptaremos!” Los hombres recogían cebollas y tomates y los lanzaban a Hasina y a su familia con furia.

Aishath sollozaba por dentro mientras era testigo de este cruel trato. La madre de Hasina sujetaba a su pequeño niño tratando de protegerlo del ataque. Hasina tambaleó cuando una papa grande le golpeó en la cabeza con un aterrador sonido. Trató de sonreír valientemente en medio de las lágrimas causadas por el dolor y el rechazo, mientras sujetaba fuertemente la mano de su hermanita menor y la ayudaba a avanzar. El padre de Hasina, un hombre de baja estatura, mantenía su cabeza en alto mientras guiaba a su familia a lo largo de la calle. Los niños menores gritaban y lloraban de temor, con sus inocentes ojos oscuros abiertos grandemente ante el odio que nunca antes habían experimentado. Aishath notó que ni Hasina ni sus padres tomaron represalias y ni siquiera trataron de defenderse. Aunque vio lágrimas en sus rostros, no guardaban odio ni amargura.

Todo el mercado se había convertido en un campo de batalla, mientras que los vendedores y compradores por igual dejaban sus compras para unirse a la multitud. Insultos, acusaciones falsas, piedras y papas podridas eran lanzadas constantemente a la familia cristiana que se hallaba sola. Aishath escuchó al padre de Hasina clamar al cielo las mismas palabras que ella había leído la noche anterior: “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen.” Tal vez esto fue lo que más la conmovió, Aishath ya no podía resistir las lágrimas provocadas por la indignación y la lástima. El rostro le quemaba mientras estaba allí parada, anonadada. Esta familia estaba actuando con mayor nobleza que los que la acusaban.

Luego Aishath vio al Jeque Abdallah y a su hijo, Abdul Ibrahim. Llena de horror se dio cuenta que lideraban la multitud. El Jeque empuñaba su vara vehementemente mientras maldecía a la familia de Hasina, amenazándolos con castigarlos si no renunciaban a su fe en Jesús. Aishath observaba, aterrada, mientras su novio se unía al ataque, su rostro desfigurado por el odio hacia personas que no le habían hecho ningún daño. Les gritaba y los maldecía con voz agresiva llena de ira.

El padre de Hasina dirigió su atención al hijo del Jeque y le dijo, “Si tan solo conocieras el amor de Jesús. ¡Él perdona!”

En ese momento, el Jeque Abdallah gritó, “¡Ellos no tienen nada en común con nosotros. Ellos han rechazado a Alá y su santo mensajero! Ya que no van a renunciar a su herejía, les prohibimos que tomen agua del pozo del pueblo. ¡Van a contaminar a nuestro pueblo!”

Aishath ansiaba ir a confortar a Hasina, pero esto la pondría a merced de la multitud. Se sentía desfallecer por la impresión, pero se alegró de que ninguno la reconociera ni notara su consternación. En el estado en que se encontraban estos hombres furiosos llenos de “jihad” (guerra santa) seguramente se abalanzarían contra cualquiera que mostrara el más mínimo de simpatía por los cristianos.

♦♦♦

Muy afectada por el perturbador evento de la tarde, Aishath caminó exhausta hacia su casa. Las escenas de las que había sido testigo aquel día atormentaban su joven espíritu. Hasina, la niña inocente que le había ofrecido su amistad sólo la semana anterior, junto con toda su familia, había sido expulsada de Kamalia por los musulmanes militantes. Aunque pudo haber sido peor, pudieron haber sido torturados o asesinados, Aishath estaba muy conmovida.

El Jeque (jefe del pueblo), y su hijo, con quien ella se casaría, no sólo habían participado en la multitud sino que la habían liderado y arengado a una ira cruel. El Jeque habían puesto su sello de aprobación en las acciones de la multitud, y habían adoptado una clara actitud en contra de los cristianos. ¡Este hombre sería su suegro! No sólo eso sino que su propio prometido había participado… Aishath se estremeció nuevamente al recordar la ira y el odio que él había mostrado mientras gritaba a la familia indefensa y les lanzaba piedras. ¿Cómo podría ella amar a un hombre capaz de hacer algo así? Pero realmente temía hablarle acerca de todo lo que sentía. Probablemente él le pegaría si estuvieran casados. No tenía a donde ir. Hasina ya no estaba; sus planes de hablar con ella esa tarde habían sido anulados brutalmente. Ahora sentía una mayor desesperación de expresar sus emociones. Aishath apretó sus dientes y trató de contener sus lágrimas de frustración, soledad, y confusión causadas por la calamidad de la tarde.

Esa noche, Abdul Ibrahim apareció en la puerta de Abu Sadar. El hijo del Jeque había venido a hablar con el padre de Aishath, pero como él aún no había llegado, dirigió su atención a ella. Su expresión se hizo más tierna cuando la miró, pero Aishath difícilmente podía resistir su mirada. Recordaba muy claramente el odio que había visto en su rostro aquel día más temprano. Se dirigió a ella con mucha alegría y le dijo, “¿Cómo está mi Aishath?”

Los ojos oscuros de Aishath brillaron a medida que se dirigió a él. Ignorando su pregunta le dijo, “te vi en el Mercado esta tarde.”

“Ah, ¿en verdad?”, dijo levantando las cejas en asombro. Rió secamente y dijo, “echamos a los incrédulos fuera del pueblo. ¡Gente infecciosa!” escupió.

“¿Pero qué habían hecho?”, gritó Aishath. “¿Cómo podrían merecer un trato tan horrible?”

“Rechazaron al profeta de Alá y sus mandamientos. Son nuestros enemigos. Son enemigos de Alá,” respondió con simpleza, pero con cierta irritación.

“No le habían hecho daño a nadie,” protestó Aishath.

El hijo del Jeque respondió con mayor impaciencia, “No deberías haber estado allí. Eres demasiado sensible como para observar esas cosas. No deberías sentirte mal por los cristianos, porque algo malo también podría pasarte a ti.”

El corazón de Aishath perdió toda esperanza, por sus palabras supo que nunca sería seguro hablar con él sobre su conversación con Hasina o sobre la Biblia que estaba leyendo.

♦♦♦

Aquella noche agotadora en la que Aishath nuevamente sacó el libro de Hasina, veían las palabras borrosas en las páginas mientras trataba de leer. Recostando su cabeza con mirada estremecedora, Aishath recordó los eventos del día. Su mente se entretuvo con más preguntas. ¿Por qué los musulmanes odiaban a los cristianos? Ellos eran buenas personas, si vivían según las enseñanzas de Jesús. Jesús enseñó acerca del amor y la rectitud. Aishath estaba confundida de que su propio pueblo, mientras que decía que Jesús era un profeta, no seguía sus enseñanzas. De alguna manera algo estaba terriblemente mal. ¿Acaso Jesús no había dicho, “amen a sus enemigos y oren por aquellos que los persiguen”? Pero aquí eran los musulmanes los enemigos de los cristianos; eran los musulmanes los que perseguían a los cristianos.

Luego su mente empezó a pensar en otra cosa. Cuando Hasina y su familia fueron echados del pueblo, ninguno de ellos tomó represalias de ningún tipo. No se quejaron, ni maldijeron, ni se enojaron. Por el contrario, vieron a sus perseguidores con compasión. Aishath recordó algo más que había leído. Jesús dijo, “Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan, y digan todo género de mal contra vosotros falsamente, por causa de mí.” Esto no quedó allí como una regla arbitraria, sino que continuaba dando mucho aliento. “Regocijaos y alegraos, porque vuestra recompensa en los cielos es grande.” Debió ser por esto que Hasina tomó las dificultades de su familia tan calmadamente.

Todo lo que estaba escrito en la Biblia de cobertura negra y ya usada, todo lo que Hasina le había dicho, y todo lo que ella había presenciado aquel día intensificaron su deseo de ser cristiana. Ella pudo ver claramente que el camino de Jesús era mucho mejor que el del Islam. Pero todos estaban en contra de ella. Nadie comprendía su deseo de encontrar la verdad sobre la vida y sobre Dios. ¿A quién podría ir?

Exhausta física y espiritualmente, Aishath se echó en la cama para dormir, con el libro abierto a su lado.

♦♦♦

            Después de una noche en la que difícilmente pudo dormir, Aishath despertó sacudida bruscamente por su madre. “¿Qué es esto?”, le preguntó con voz agitada. Su padre, Abu Sadar, apareció rápidamente a su lado. “¿De dónde sacaste esto?” dijo. Demasiado aturdida para responder, Aishath se quedó mirándolos impresionada. Cuando se dio cuenta de lo que pasaba, el miedo se apoderó de ella. ¡La Biblia de Hasina! ¡La habían descubierto!

El ambiente en la habitación era tenso; Aishath notó que sus padres estaban enojados. “Es una Biblia. Me la dieron a mí”, respondió calmadamente pero temblando por dentro.

“¿Quién te la dio?”, preguntó su padre con voz más fuerte.

“La niña del puesto de verduras.”

“¿Los que fueron echados del pueblo el día de ayer? Te dije que te mantuvieras lejos de esos cristianos. No permitiré que mi hija sea engañada con semejantes tonterías. ¡Traerás maldición sobre nuestra familia!” gritó. Quitándole la Biblia a su esposa, arrancó la cubierta diciendo, “esto es lo que le pasará a cualquiera de mi familia que deje su fe para convertirse en cristiano.”

Aishath suspiró y se acercó a su padre para recuperar el precioso libro, pero él alzó su brazo a una altura que ella no pudo alcanzar.

“¡Voy a quemar esto porque es el libro de los infieles!. ¡No lo permitiré en mi casa!” dijo refunfuñando. Luego escupió en el libro, sellando sus palabras.

“¡Pero tú no sabes qué contiene!” gritó Aishath desesperadamente. “¡Estás juzgando algo que no conoces! Ese libro enseña acerca del amor de Dios. Le enseña a las personas a vivir correctamente delante de Dios. No hay nada malo en él.”

Abu Sadar la hizo callar golpeándola duramente con el libro que tenía en la mano. “¡Eres una hija malagradecida y rebelde! ¡No me hables de esa manera!” La golpeó nuevamente con el libro que ella decía hablaba del amor de Dios. Luego se fue.

Aishath se echó en su cama y se puso a llorar. “Alá o Dios, o Jesús, o quienquiera que seas, óyeme”. “Quiero seguirte en la manera correcta, pero no sé como. Y ahora ya ni siquiera puedo leer más acerca de ti. Si tú eres un Dios de amor, ayúdame, como Hasina dijo que lo harías.”

♦♦♦

Durante las siguientes semanas sus inquietudes acerca de la eternidad, la verdad y las palabras de Jesús no la dejaron ni por un instante. ¿Qué podría hacer? Ya no podría leer acerca de Jesús, y no había nadie en quien pudiera confiar. No era seguro hablar con nadie sobre sus cuestionamientos del Islam. Mientras más trataba de entender, se sentía más desesperada e insatisfecha. Tal vez su madre tenía razón, tal vez debería olvidarse de todo esto y no atormentar su joven mente con asuntos de religión. Sería muy simple aceptar la religión de su pueblo del mismo modo en que aceptó que sus padres le eligieran un esposo. ¡Pero no! Ella tenía que saber más. Después de haber leído en el libro de Dios, no podía olvidar, ni dejar de lado sus palabras. No podría vivir con su conciencia si seguía falsamente algo que ella sabía era falso. Pero ¿cómo podría llegar a saberlo? Día tras día, Aishath trató de sacar estos pensamientos de su mente, pero sin resultado. Trataba de distraerse con cada nueva tarea, pero sólo conseguía que los mismos pensamientos regresaran una y otra vez. La ansiedad la afligía día y noche.

♦♦♦

Una tarde Aishath fue al pozo del pueblo como de costumbre. Las nubes cargadas opacaban el paisaje tropical de verano, anunciando una tormenta. El pozo se veía tan abandonado tal y como ella se sentía, pero a medida que se fue acercando se sorprendió al descubrir a un extraño sentado en una roca cercana. Se dio cuenta que era europeo porque no usaba turbante como los hombres pakistaníes. Su cabeza estaba inclinada hacia un pequeño libro negro, igual al que Hasina le había prestado, y parecía concentrado en sus pensamientos mientras leía en voz alta para sí mismo. Deteniéndose, se puso su dupatta cuidadosamente sobre la cabeza y cubrió su rostro antes de acercarse al pozo. Llenó silenciosamente sus cubetas con agua, tratando de escuchar sus palabras. “Porque Dios que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo, por gracia habéis sido salvados.” Juntando las cubetas con el agua agitada por el movimiento, Aishath se levantó. En ese momento él la miró y le sonrió. “Hola,” dijo amablemente.

Aishath asintió con la cabeza, y luego de un momento se dio la vuelta para partir. Él le habló nuevamente, haciendo que Aishath se detuviera. “Disculpa, ¿conoces a la familia Ali Eshaq?” le preguntó. Como ella mostró no saber de quienes hablaba, continuó, “Tenían un puesto de verduras en el mercado en este lugar.” Luego continuo describiendo a la familia.

Los ojos de Aishath mostraron que reconocía a la familia. Por un momento olvidando sus reservas para con un hombre desconocido, dejó en el suelo sus cubetas de agua y exclamó, “¡Conocí a Hasina!”. Ante su insistencia, Aishath le relató sobre el motín y la censura de la familia. Aunque no se sentía cómoda en hablarle al misionero, tenía la impresión de que esto era la respuesta a su oración. Encontró en este hombre alguien que escuchaba comprensivamente, Aishath quería contarle acerca de todas sus preguntas sobre la eternidad, su conversación con Hasina, y la persecución que había sufrido en su propio hogar. Tan simplemente como pudo, le contó acerca de su confusión luego de leer la Biblia de Hasina, y sobre su gran interés de conocer más. Cuando terminó su relato, el misionero empezó a buscar un pasaje en su vieja Biblia para mostrárselo, pero Aishath lo detuvo. “Es peligroso que me vean con usted, ya que usted es cristiano. Mi madre empezará a preocuparse por mí porque me estoy demorando mucho. Pero deseo mucho conversar con alguien acerca de Jesús. He estado orando por esto.”

Este hombre alto y amable se puso lentamente de pie. “Mi nombre es Esteban. Me puedes encontrar en esta dirección,” le dijo entregándole un pedazo de papel. “Si no estoy, mi esposa te dará la bienvenida y conversará contigo. Su nombre es Elizabeth. Por favor no tengas miedo en venir.” Luego sacando otro pedazo de papel de su bolsillo, Esteban se lo entregó a Aishath. “No tengo una Biblia para darte en este momento, pero puedes leer esto. Te ayudará a responder tus preguntas acerca de Jesús.” Aishath se lo agradeció, cargó nuevamente sus cubetas, dijo adiós, y se fue. Apresuró sus pasos hacia su casa para recuperar el tiempo perdido, esperando que su madre no le preguntara acerca de su largo viaje al pozo. Se regocijó al ver que Dios había escuchado su oración, y de que ella había podido hablarle a alguien acerca de los anhelos de su corazón, aunque esto había sido algo incómodo.

Esa noche Aishath una vez más encendió cuidadosamente su lámpara cuando todos en su casa dormían. Como sus padres habían descubierto la Biblia, tenía miedo de lo que sucedería si ellos descubrían que les estaba desobedeciendo. Leyó todo el folleto que le entregó el misionero. Este demostraba que Jesús era más que un profeta; él era el Hijo de Dios y el Salvador de la humanidad. A través de los profetas, demostraba que Dios sí tenía un hijo, Jesús. Explicaba porqué Jesús debía morir en una cruz, y revelaba las profecías judías que predecía dicho evento. Para Aishath esto tenía sentido. Pero exponía las inconsistencias de su fe en el Islam con gran claridad. Si Jesús era verdaderamente un profeta, como había enseñado Mahoma, entonces sus enseñanzas debían ser ciertas. Si las enseñanzas de Jesús eran verdaderas, entonces ellos deberían obedecerlas. Si Jesús era quien decía ser, entonces era “el último y gran profeta” (y más) en vez de Mahoma. Si eso era así, entonces Mahoma estaba equivocado, y todo lo que su pueblo creía era falso.

Es muy desconcertante descubrir que todo aquello en lo que la vida de uno ha sido construida es falso. En Pakistán, el estilo de vida, la cultura, la economía, y el gobierno giran alrededor de una religión central. El Islam es un lazo entre las personas del pueblo de Pakistán. Los lazos de una familia y de un pueblo están construidos sobre la base de una religión común. El Islam no es simplemente una religión, es una forma de vida. Las relaciones intrincadas dentro del Islam proporcionan seguridad para cada individuo.

Cuando Aishath se dio cuenta de que sus creencias en el Islam eran erradas, no supo qué hacer. Si renunciaba al Islam, tendría que perder la seguridad familiar, sus lazos con sus amigos, el respeto del pueblo, su estado social y prestigio, incluso su matrimonio propuesto con Abdul Ibrahim. Traería vergüenza y reproche a su familia, y ellos la rechazarían. Aishath recordó la furiosa amenaza de su padre aquella mañana en que le quitó la Biblia de Hasina: despojaría y expondría a cualquiera de su familia que se atreviera a convertirse en cristiano. La abandonarían, la excluirían, la dejarían totalmente por su cuenta. Y entonces no habría realmente nadie a quién recurrir. Todo fuera de la vida musulmana era temible y desconocido. Lo que podría pasarle aparecía en su mente atribulada. No podría tomar agua del pozo del pueblo. Podría ser castigada por el Jeque, golpeada, o expulsada del pueblo como la familia de Hasina. Quedaría totalmente abandonada.

            Ahora Aishath desconfiaba de todo en la religión musulmana. Sin embargo, se quedó callada y no decía nada a su familia, porque eso no haría ningún bien. Esperaba temerosa insegura de sí misma. Quería hacer lo correcto, pero había tantos obstáculos. ¿Qué pasaría si se equivocaba? Los pensamientos angustiantes sobre la eternidad se repetían, atormentando su conciencia haciéndola sentirse culpable. Tenía que hacer algo. El día de su boda se acercaba, y luego de que se casara ya no habría vuelta atrás. La presión de tener que tomar una decisión bajo tales circunstancias tan adversas abrumaban su sensibilidad.

Todos los días trataba de orar, a Alá, o a Jesús; estaba demasiado confundida para saber quién tenía la razón. ¿Era Alá realmente otro nombre del Dios de los judíos y cristianos? Sus personalidades eran demasiado diferentes. La lucha interna de Aishath continuó día tras día, semana tras semana, hasta que se volvieron meses. La cercanía de su boda intensificaba la lucha mental y emocional que se desataba dentro de ella, hasta que finalmente llegó a su punto máximo. No podía seguir siendo musulmana, y no podía casarse con un musulmán.

Una noche, luego de que todo estuvo en silencio por cerca de una hora, Aishath se levantó a hurtadillas de su cama y se cubrió con un manto oscuro. Levantó cuidadosamente sus sandalias y la lámpara del lado de su cama. Luego de asegurarse de que no había ningún movimiento, salió de la habitación. Descalza, Aishath caminó lentamente de puntillas a través de la casa hacia el patio, y luego salió por la puerta. El pueblo dormía alrededor de ella. Las estrellas brillaban en el cielo claro de la noche, pero no había luna que iluminara el sendero. Salió por la puerta y a la calle que la llevaría hacia el campo. Podía ver la extensión de color pálido de los campos de trigo en las afueras del pueblo. Una vez que llegó a los campos, Aishath se detuvo un instante para ponerse las sandalias, ya que el camino se volvía más rocoso y no había nadie cerca que la escuchara pasar.

El pueblo donde el misionero vivía estaba a cuatro millas hacia el norte. Aishath pensó que podría cubrir esa distancia en menos de dos horas, a pesar de la oscuridad, el camino abrupto que conectaba los pueblos, y el hecho de que la ruta le era desconocida. Sabía que sería peligroso para una joven estar fuera de casa sin compañía, en la noche y en una carretera desierta. Sin embargo, el fuerte deseo dentro de ella de conocer más acerca de Cristo la hacía continuar. Si Dios había respondido a su oración una vez, seguramente la protegería en su viaje para saber más de Él.

Una vez que estuvo en un bosquecillo lleno de árboles, encendió su lámpara. Su lejanía del pueblo evitaría que cualquiera viera la luz. Los mosquitos y las polillas zumbaban y revoloteaban alrededor de su cara por la luz brillante, pero no quería apagarla porque la luz la hacía sentirse más segura mientras caminaba sola y con dificultad. La noche se había vuelto más fría y Aishath se alegró por tener consigo su manto. Esperaba que el pueblo adonde iba no estuviera demasiado lejos, porque se estaba sintiendo cada vez más cansada; pensó que debían ser cerca de la medianoche.

Mientras continuaba su camino a lo largo de la peligrosa carretera, todo tipo de temores surgieron en la mente de Aishath. ¿Podría regresar a casa antes del amanecer? ¿Qué harían sus padres cuando descubrieran que no estaba? Seguramente se ganaría más problemas esta vez, ya que había desobedecido las ordenes de su padre. Tal vez estaba haciendo algo tonto. Sin embargo, luego de haber llegado tan lejos, tendría que continuar hasta la casa del misionero. Si se daba media vuelta y regresaba a casa para salvarse de la furia de sus padres, nunca encontraría el verdadero camino que estaba buscando. Debía continuar.

Al fin Aishath vio el pueblo frente a ella. Se detuvo para mirar la dirección en el pedazo de papel que el misionero le había dado. Luego apagó su lámpara. Se sintió aliviada al ver que la casa del misionero estaba a ese lado del pueblo, por lo que sólo tendría que cruzar algunas casas. No quería que ningún perro le ladrara. Nuevamente avanzando cuidadosamente, Aishath entró al pueblo. Su corazón latía más fuerte. ¿Qué sucedería si tocaba la puerta equivocada? Según el papel, había encontrado la casa, la cuarta en el pueblo a lo largo de la avenida principal. Era una casa pequeña y no una casa lujosa. No había ninguna puerta que condujera a un patio delantero; la puerta de la casa daba justo a la calle.

Aishath se sentía incomoda al dirigirse a la casa de un extraño, pero esta era su única oportunidad de calmar su alma atormentada. Aishath se detuvo por un momento, luego tocó suavemente. Se sorprendió cuando unos momentos más tarde la puerta se abrió. En la oscuridad reconoció al misionero de tez blanca. Antes de que pudiera decir nada, Esteban le hizo señas de que pasara, cerró la puerta, y dijo, “Bienvenida. Te he estado esperando.” Encendiendo una vela, fue y despertó a su esposa. De regreso, con su brazo alrededor de ella, Esteban se la presentó. “Esta es mi esposa, Elizabeth. Estamos muy contentos de que nos hayas venido a visitar esta noche. Recuerdo haberte visto en el pozo en Kamalia. ¿Cuál es tu nombre?”

“Soy Aishath. Soy hija de Abu Sadar y Bilquis. En un mes me casaré con Abdul Ibrahim, el hijo del Jeque. Vine a ustedes esta noche porque necesito desesperadamente saber más acerca de Jesús y del Dios de los cristianos, y cómo ser una cristiana. Mis padres y mi prometido se burlaron de mí y no me permiten hablar con cristianos o leer su libro. No entienden por qué deseo tanto saber acerca de vuestro Dios, y me castigaron por tener una Biblia. Vine de noche porque ésta era la única manera en la que podía venir. Y ahora no sé que cosa sucederá cuando regrese a casa.” De pronto dejó de hablar, llena de desesperación, con los hombros caídos por el cansancio.

“Debes estar cansada y sedienta por el largo viaje,” dijo Elizabeth amablemente. “¿Te puedo ofrecer algo de tomar?”

Aishath aceptó y dijo, “siento molestarlos a estas horas de la noche. Tal vez no debí haber venido.”

            Esteban respondió, “Somos siervos de Jesucristo. Nunca es demasiado tarde para que podamos ayudar a alguien. No te sientas mal por venir.”

Aunque eran extraños, esta gente abrió su hogar a Aishath y la hicieron sentirse segura. Aishath se dio cuenta que Elizabeth estaba vestida con un shalwar-qamiz y una dupatta, igual que las mujeres pakistaníes. Esta pareja de misioneros irradiaba amor, santidad, y celo por Dios. Ellos no eran el típico tipo de occidentales que hacían que los musulmanes despreciaran al cristianismo.

Elizabeth regresó pronto con una tasa de agua para Aishath, y Esteban abrió su Biblia. Empezando con los evangelios, le demostró que Jesús era el Hijo de Dios, y de que Él cumplía las profecías hechas acerca de Él. Le explicó porqué Alá no era el verdadero Dios vivo. Juntos le enseñaron lo que significaba ser cristiano. “Ves, Dios es justo y santo, pero también está lleno de amor y compasión. Él nos amó tanto que envió a su Hijo Jesús, su único hijo, a la tierra a morir como sacrificio por nuestros pecados. Las escrituras dicen que ‘cualquiera que cuelga de un madero está bajo la maldición de Dios.’ Jesús fue crucificado en un madero, y de esta manera llevó en sí mismo la maldición de todos nuestros pecados. Dios dio la espalda a su Hijo por un corto tiempo, para podernos amar y perdonar. Porque Jesús triunfó sobre la muerte, él vive nuevamente, nosotros también podemos vivir para siempre con él.” Le enseñaron a Aishath que las personas no pueden ganar su salvación haciendo buenas obras. “Se nos ordena obedecerlo, pero somos salvos sólo por su gracia,” señaló Elizabeth. Hasta llegada la mañana enseñaron la Palabra de Dios a Aishath y respondieron a sus muchas preguntas. Aishath estaba tan concentrada en todo lo que estaba aprendiendo que el peligro de la mañana ya no era tan grande. Las buenas nuevas la abrumaban, convenciéndola sin duda de que ella debía dejar su vieja religión y seguir a Jesús. Por fin estaba encontrando la respuesta a sus preguntas fundamentales sobre la vida y la eternidad.

De pronto dándose cuenta que pronto amanecería, Aishath interrumpió, “No me puedo ir así a casa. Aunque creo todo lo que ustedes dicen, seguiré siendo tan culpable como lo fui antes de saberlo. ¡Debo hacer lago! ¿Qué impide que sea cristiana?”

“Nada. ¡El Señor está respondiendo nuestras oraciones por ti!” respondieron con el corazón lleno de agradecimiento. “Sin embargo,” continuó Esteban seriamente, “¿Te das cuenta de lo que esto significará? Tus padres te castigarán y tal vez te echen fuera de su casa. El hombre que amas tratará de obligarte a que renuncies a Jesús. Tu reputación quedará arruinada, y todos se volverán  en contra de ti. Tal vez te echen fuera del pueblo así como hicieron con la familia de Hasina, o podrías recibir azotes del Jeque. Al convertirte en cristiana lo dejarás todo.”

Poniéndose de pie, Aishath exclamó con vehemencia, “todo este tiempo he estado en agonía, buscando la verdad y un propósito. Ahora que he encontrado lo que mi corazón deseaba, nada es más importante para mí que la felicidad que he descubierto finalmente. Sí, he pensado en todo eso. Pero si Jesús dio su vida porque me amaba, ¿qué cosa hay que no pueda sacrificar por Él?”

“¡Alabado sea Dios! ¡Gracias, Señor!” clamaron juntos. Poniéndose de pie, Esteban dijo en voz baja, “comprendes lo que te hemos enseñado acerca de Jesús, y lo que significará tu decisión. Ya que estás lista, debemos ir hasta el río antes del amanecer, para que nadie te vea.”

Luego de juntar varias toallas, los tres salieron calladamente por la puerta posterior y caminaron sigilosamente a lo largo del camino oscuro hasta que pasaron las casas. Luego Esteban las llevó por un camino estrecho que las mujeres usaban para ir al río a lavar.

Ninguno habló, pero Aishath estaba concentrada en sus propios pensamientos. Pensaba en sus padres, que al despertarse verían que ella no estaba. Pensó en el prestigioso Abdul Ibrahim, con quien ya no se casaría, y en su padre, el Jeque, quien seguramente estaría furioso. Pensó en Hasina, y cómo su familia había sido echada del pueblo. Era peligroso convertirse en cristiano, y era hasta aterrador. Pero Hasina era feliz. La jovencita, el misionero y su esposa tenían lo que Aishath ansiaba. Ya no podía retroceder.

En ese momento, Esteban se dirigió al bosque. Ya no había por dónde pasar, tuvo que sujetar las ramas de manera que ellas pudieran pasar. Elizabeth susurró a Aishath que debían encontrar un lugar secreto.

Por fin llegaron a una curva en el río, donde el agua estaba más quieta y formaba una orilla arenosa. La neblina oscurecía el río, mientras que el color plomizo del amanecer se  aclaraba con cada minuto que pasaba. Esteban se sacó los zapatos y Aishath las sandalias. Elizabeth apretó la mano de Aishath antes de que la joven se adentrara en el agua fría siguiendo a Esteban.

“Aishath, ¿crees que Jesús es el Hijo de Dios, y de que murió y resucitó nuevamente para salvarte, y de que su sangre te limpia de tus pecados?”

“Sí. Yo creo en Jesús con todo mi corazón.”

“¿Y ahora te comprometes a dedicar tu vida a seguirlo y servirlo?”

“Estoy lista para hacer la voluntad del Señor.”

“Entonces te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, para que tus pecados sean lavados, y para que mueras al pecado y vivas una nueva vida en Él, para que seas una hija de Dios.” Y luego de esto, Esteban sumergió a Aishath en el agua.

Cuando Aishath se levantó del agua, alabando a Dios, vio que el cielo del este empezaba a brillar con colores entre rosado y dorado, mientras que la niebla se disipaba. Esta escena reflejaba la alegría y la nueva esperanza dentro de ella. Cristo era ahora la fuerza que la ayudaría a no temer el rechazo que la esperaba. Era el amanecer de un nuevo día, y un nuevo día amanecía también en el alma de Aishath.

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La autora fue una joven de 18 años, educada en el hogar. 

Comentarios

Aunque esta historia no es real, podría muy bien ocurrir hoy en día. Esta historia contiene un mensaje vital para cada uno de nosotros, uno que nos anima y bendice, que nos instruye y advierte.

Del mismo modo que Aishath halló la verdad de Dios en la Biblia (2 Timoteo 3:15), también usted puede encontrar la verdad a medida que busca en las escrituras y cree en el mensaje de salvación que contiene. Del mismo modo que Aishath se dio cuenta de que Jesús es el único camino hacia Dios el Padre (Juan 14:6), también usted puede encontrar en Él la respuesta a sus necesidades espirituales y al llamado de su corazón. Y del mismo modo que Aishath aprendió que seguir a Jesús significará sufrimiento, persecución, y rechazo de la familia y amigos (2 Timoteo 3:12), del mismo modo usted puede descubrir que seguir al Señor tiene un precio alto. ¿No quisiera también usted al igual que Aishath, la joven musulmana, buscar la verdad y con voluntad y alegría aceptarla para encontrar nueva vida, dada por el amor de Dios a través de Jesucristo?. ¡Al igual que Aishath, un nuevo día puede amanecer en su propia vida!

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(Traducido por: Mónica Hollerman)

 

 

 

 

 

 

 

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